Por: Juan Manuel Diaz
Ojalá siempre que uno dijera: “Mucho gusto”, tuviera la
certeza de saber que ese saludo va a funcionar del todo, que va a ser un
contrato en el que no nos permite convertirnos en desconocidos después del
tiempo. Ojalá uno tuviera el súper poder de saber que la relación que
establecemos con esa simple frase, va a ser duradera y provechosa, y no una
total decepción que queda para el olvido. Resulta difícil pensar en aquellas
personas que uno conoce y con la cual comparte hasta lo más íntimo, pero que al
final del asunto pasan a ser unos completos extraños con recuerdos en común con
nosotros, pues llegan a hacer parte de esa lista de innombrables a los cuales
uno quisiera no haber conocido o haberlo hecho en otras circunstancias.
“Siempre habrá un momento, una persona y un lugar”, fue lo
que me dijo mi papá cuando llegó a mi vida la primera decepción amorosa, yo no
le vi sentido en ese momento. Tiempo después me di cuenta que lo que el viejo
había querido decirme, era que nadie era para siempre, que los primeros amores
generalmente sirven para abrirnos la puerta a ese mundo de decepciones y
placeres, y a ese universo de besos y amores no correspondidos. La vida
misma se encarga de enseñarle a uno que la gente no dura toda la vida, que los
amigos inseparables del colegio, pueden quedarse únicamente allá y en uno que
otro recuerdo, que la vida va a toda velocidad y algunas veces nosotros vamos
en distintos caminos. Que las promesas que se hacen en excursiones y fiestas de
"prom" se rompen, pues a lo mejor está escrito en algún libreto
imaginario que esos personajes no van más en la película. Que la gente que
permanece es la que gente con la que uno puede contar. Las circunstancias, y
situaciones difíciles son los indicadores perfectos a la hora de hacer esa
medición. De no ser así no existirían los divorcios y los matrimonios nunca se
acabarían.
Uno de los mayores problemas, es que idealizamos a las
personas, las ponemos en un pedestal pensando que son incapaces de hacernos
daño, simplemente porque creemos conocerlas. Confiamos demasiado rápido y no
vemos más allá de nuestras propias narices, sobre todo cuando se trata de una
persona que logra acaparar todos y cada uno de los sentimientos. También porque
nos gusta poner todo en bandeja de plata, entregamos más de la cuenta cuando
vemos que alguien nos sonríe, y ese es el principal error; dar más de la
cuenta. La cautela finalmente resulta ser la mejor virtud cuando de conocer a
alguien se trata, tomarse el tiempo de conocer a las personas antes de
entregarles todo, nadie es perfecto. Muchas veces uno mismo resulta ser el
indeseable, aquel que hizo daño y del cual no quieren saber nada, y
es ahí cuando uno se da cuenta que es mejor retirarse, que no
queda más que hacer parte de esa lista de innombrables,
pues consciente o inconscientemente estaba
predestinado tal vez que fuera así, estaba previsto que nuestro
papel en la vida de esas personas fuera pequeño y de poco protagonismo.
La esperanza es creer, es darnos cuenta que
en el mundo hay gente tan linda y tan deseable, que a la
larga valdrá la pena decir "mucho gusto" cuantas veces
sea necesario. Es pensar que esa lista de innombrables
en algún momento habrá de llenarse del todo, pues la vida
se va en un parpadeo y no hace falta conocer a todas las personas del
mundo para saber cuales son las que valen la pena, finalmente alguien tendrá que
quedarse.