Por: Juan Manuel Diaz
Un
día vas por la calle, caminando con las manos en los bolsillos vacíos, tocando
puertas a la ligera para ver si alguna de ellas se abre con la intención de
acogernos en una maravillosa zona de confort. Un día cruzas los puentes de afán
y con el anhelo de encontrar la verdad absoluta, tocando puertas para ver si en
alguna de ellas se esconde lo justo, lo real, lo que supones que es lo
correcto, sin encontrarlo. Puedes pasar gran cantidad de tiempo tocando puertas
con el fin de encontrar lo que imaginas que es el amor, sin tener éxito. Puedes
toparte con cien personas en la vida, y con las cien puedes creer ser feliz, hasta
que pasa algo que las obliga a no permanecer y dejar vacíos que tardan un huevo
en llenarse. Es ahí donde te das cuenta que has tocado las puertas equivocadas,
que quizás pese a tu esfuerzo y dedicación en todo lo que te propones, las
cosas no han salido como esperabas simplemente porque tocaste las puertas
equivocadas. Aquellas puertas que se abrían a la mitad para decirte que no te querían
como huésped, o que te querían para uno que otro rato mientras alguien más
hacia la visita.
Pasa
el tiempo y vas adquiriendo experiencia, vas conociendo el camino porque ya pasaste
por ahí. Sabes en donde están las piedras para que puedas saltar en medio del
rio sin mojarte, y sabes con exactitud en que parte del pedregal se cruzan los
personajes indeseables, ya los has enfrentado. Sabes que no puedes repetir los
errores que ya cometiste y tienes clarísimo cuales son las puertas que no deberás
volver a tocar. Sabes que deberás esforzarte mucho más, porque las cosas buenas
no caen del cielo, ni se consiguen con el golpear de los dedos, no es un
secreto que los sueños se cumplen con trabajo, con disciplina, con humildad
pero nunca con vergüenza. Poco a poco vas despejando el camino y las noches se
hacen cómplice de los deseos más remotos, la almohada se hace confidente como
en cualquier historia nocturna, del camino que emprendes desde el momento en
que mirando el techo ante el silencio de la noche, visualizas lo que puedes
hacer, lo que eres capaz de lograr solo si tienes la valentía, el coraje y la
fe. Solo si trabajas con fuerza y te levantas con una causa cada mañana, solo
si tienes la disponibilidad de luchar por cada cosa que has deseado desde que
tienes uso de razón.
Una
mañana despiertas y sientes que has logrado parte de lo que has deseado, no
todo, porque no te alcanzara la vida para hacer cada cosa que quieres, pones
los pies en tierra y sonríes porque el fruto del trabajo ha sido recompensado,
que los errores de ayer son cosa del pasado, que las personas que no
permanecen, quizás no merecían estar en tu vida, que el trabajo incansable es
la puerta correcta para llegar a ese recinto de tranquilidad, de satisfacción,
y de amor propio, es ahí cuando dejas de tocar puertas porque ahora son los demás
quienes tocan la tuya y con respeto y decisión sabrás que hacer frente a cada
quien que se pare en tu alfombra de bienvenida, solo es cuestión de que nunca
seas la puerta equivocada.