lunes, 17 de marzo de 2014

LO QUE SE DE ELLAS

Por: Juan Manuel Diaz

Cómo empezar a hablar de algo tan complejo, cómo empezar a decir que es lo más difícil con lo que un hombre como yo suele encontrarse aún por encima de las matemáticas. Cómo decir que es lo más lindo y tierno, pero a la vez lo más cruel y complicado a lo que uno suele querer con todas las ganas. Por supuesto que estoy hablando de mujeres, todo gira entorno a ellas y a lo que causan con su delicadeza al caminar y la sutileza para mover el pelo que cautiva con pequeños roces. Aun no entiendo por qué algo tan complicado puede atraerlo a uno con tanta intensidad, pues nos metemos de cabeza sin medir consecuencias y nos volvemos irracionales frente a un par de piernas y una sonrisa estrepitosa; después que nos atrapan no hay complejidad que valga.

Poco a poco uno va aprendiendo a conocerlas. La vida misma se encarga de enfrentarnos a ellas y mostrarnos lo que les gusta y lo que no, lo que las pone de malgenio y lo que las hace reír. Uno sabe que no puede ser intenso porque las aburre, y que hablar directo y sin rodeos, es la mejor forma de hacerles saber lo que uno piensa o siente. Uno entiende que a la hora de encarretarse, también ellas deben hacerlo con uno, pues si se trata de querer, la idea es que ambos estemos en el mismo lugar. También que ser caballeroso y hacerlas sentir importantes es fundamental como tratarlas bonito, sin llegar a la melosería extrema. Que si uno les demuestra más de la cuenta la embarra, pues como dicen por ahí: “el que muestra el hambre no come”. A ninguna mujer le gusta que uno ande detrás de ella a todo momento, y mejor que cualquier cosa es hacerse extrañar de a poquitos sin llegar al punto de hacerse rogar. Lo difícil llega cuando los sentimientos se salen de control como una cometa a la cual se le suelta demasiado hilo y termina por irse lejos fuera del alcance de quien la eleva. Lo mismo pasa con ellas, estar en un término medio es lo ideal para evitar decepciones. No es fácil luchar contra lo que uno siente pero me permito citar a uno de esos buenos amigos que le da Dios a uno: “Dominar los sentimientos es una prueba de inteligencia”.

No es cuestión de encontrar un manual para entender a las mujeres. Sería absurdo subestimarlas o encasillarlas en un estereotipo, pues todas son tan diferentes. Algunas son malvadas, caprichosas, frías y prevenidas, otras son nobles, independientes, cálidas y abiertas a todo. Sin embargo aquel que no sea capaz de entender y aprender aún en su complejidad lo más mínimo sobre ellas, no merece disfrutar lo lindo que se siente estar parado frente a la mujer que le gusta, que le mueve fibras y lo pone de pre-infarto leve. Basta con saber que a ninguna le gusta que le falten al respeto, que venga un pendejo con ínfulas de macho alfa y ojo de gavilán hambriento y en vez de querer meter el corazón quiera meter otra cosa. Basta con saber que ser uno mismo es clave y que no hay necesidad de aparentar lo que uno no es.

De eso se trata este cuento, de que lo quieran a uno tal y como es. Que se enamoren de uno así como uno se enamora de sus tacones, sus blusas y hasta de su mascota. Que lo enreden a uno hasta el cuello y sin peros, siempre y cuando ellas estén igual de enredadas. Que lo quieran a uno en todo momento, lugar y espacio, pues eso de querer a ratos no cuadra. Hay que querer bonito. Al final aprender a conocerlas con sus particularidades y rarezas, resulta ser tan esencial para uno como aprenderse las tablas de multiplicar.

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